Acento: fue originalmente un “préstamo de la
traducción” del griego al latín. Un préstamo de la traducción ocurre cuando
cada constituyente de una palabra compuesta en una lengua se traduce a su
equivalente en la recipiendaria y se ensambla en una nueva palabra compuesta.
La palabra griega prosōidíā ‘prosodia’, se
formó de pros ‘a’ y ōidḗ ‘oda’, canto; estos elementos se trasladaron
–tradujeron– a los latinos ad
‘a’ y cantus ‘canto’ (de donde
canción, cantata, cantante, cántico, cantinela) hasta llegar a accentus. El concepto
subyacente en la combinación ‘a’ y ‘canto’ correspondió al cantado agregado al
habla –esto es, la entonación dada a la lengua oral. El sentido dado al modo
particular de pronunciar la lengua se adoptó en el s. xvi.
Ámbar
Ámbar: procede del árabe ‘anbar, “lo que flota en el mar”, que
originalmente significaba ámbar gris, una secreción
biliar
de los intestinos
del cachalote que se encuentra flotando en el
mar o en la arena de la costa. Debido a que se han hallado trozos de ámbar gris
con picos de calamares gigantes incrustados, los científicos
han propuesto la teoría de que el intestino de los cachalotes produce esta
sustancia como medio para facilitar la digestión de objetos duros y afilados
que el animal haya comido inadvertidamente. El ámbar, cárabe o succino, es una
piedra preciosa producto de resina vegetal fosilizada
proveniente principalmente de restos de coníferas
y algunas angiospermas.
La confusión sobre las dos sustancias se agravó porque todas las lenguas que lo
tomaron del árabe usaron el mismo término. La solución surgió en el francés que
introdujo la diferencia por color: ambre gris para la secreción de la ballena y ambre jaune ‘ámbar amarillo’
para la piedra.
La incertidumbre sobre la identidad del segundo elemento –gris– ha
conducido en el inglés a reformulaciones caprichosas sobre el origen de la
palabra. En el s. xvii se pensó
que la sustancia venía de Grecia, de donde las ortografías amber-de-grece y amber-greece y, recientemente,
de alguna manera la consistencia grasosa de la sustancia derivó hacia el
término ambergrease ‘grasa ámbar’.
Autor
Autor: procede del latín auctor, ‘creador’ ‘originador’, que a su
vez viene de auct-, raíz participio
pasado de augēre que además de incrementar, aumentar,
significa ‘originar’. Pero, también desarrolló el sentido específico de
‘creador de texto’, ‘escritor’. Al inglés llegó vía el francés antiguo autor. La forma con th (author) empezó a aparecer a mediados del s. xvi y con ella cambió la pronunciación.
Mientras el sentido escritural se ha apoderado de autor,
‘autoridad’ y sus derivadas ‘autoritativo’ y ‘autorizar’ se han desarrollado
sobre las líneas del poder, como creador, de comandar y de tomar decisiones.
Bucanero
Bucanero: La palabra proviene, en última instancia,
de mukem término asignado
en lengua Tupi, de las islas del Caribe, a un marco de madera utilizado para
secar la carne sobre brasas. En boca de los primeros colonos franceses el
término se transformó en boucan (la palabra en
creole haitiano fue barbacoa, que dio origen al
inglés barbecue y de donde lo toma
el español barbacoa ‘parrillada’). El término francés boucanier se aplicó a
inicios del s. xvii al leñador
caribeño que preparaba su comida de esa manera; tales hombres se hallaban
usualmente fuera de la ley y tomaron la senda de la piratería cargando consigo
el apelativo, a fines del siglo mencionado.
Canguro
Canguro: Los primeros angloparlantes que se refirieron por escrito al
kangaroo fueron el
capitán Cook y el botánico Joseph Banks; ambos lo mencionaron en las revistas
que mantenían de su visita a Australia: Banks, por ejemplo, escribió “el mayor
cuadrúpedo fue llamado por los nativos kangooroo”. Ambos
informaron que ese era el nombre que los aborígenes le daban a lo largo de las
orillas del río Endeavour, Queensland. Posteriormente se han arrojado dudas
sobre esta creencia, pero tampoco se ha revelado una fuente alternativa que parezca
fidedigna. El apelativo kangaroo
court ‘tribunal desautorizado’ se acuñó en la década de 1850 para aludir a
procedimiento irregulares de la corte, que supuestamente se asemejan a los
saltos de un canguro.
Emboscada
Emboscada: El hipotético verbo del latín vulgar imboscāre, con prefijo
in- y el
sustantivo boscus ‘bosque’
significaba, originalmente, poner en un bosque o esconderse en un matorral
desde donde puede realizarse un ataque sorpresa. Al inglés llega desde el
francés antiguo embuschier pero su
prefijo se transforma gradualmente en am- –ambush–. El español
también le cede al inglés el adjetivo emboscado ‘ambushed’ o el sustantivo
‘ambusher’, el italiano es responsable de imboscata y el francés
embuscade fue
anglizado como ambuscade –hoy
arcaísmo.
Fascinación
Fascinación: Fascinar a alguien es, literalmente,
‘embrujarlo’. La palabra deriva del latín fascinum, ‘brujería’ ‘maleficio’. La deidad fálica de los
romanos, a propósito, la llamaron Fascinus porque protegía contra los maleficios a los niños, a
quienes se amarraba un amuleto en forma de pene en el cuello. La creencia del
mal de ojo proviene también del término italiano fascinatio. Fascinación le llamaban los españoles al
mal de ojo, y es muy posible que esta idea, combinada con la cultura árabe,
llegara hasta nuestro territorio y se mezclara con las prácticas terapéuticas
indígenas. Esta creencia era conocida ya en el antiguo Egipto, donde
el ojo de Horus era el mejor talismán para evitar ser poseído por un mal de
ojo. La creencia popular prohibía mirar directamente a los ojos del faraón,
que, con su poder divino, podía desmembrar el alma de quien fijaba la mirada en
él. En la América precolombina, los mayas y aztecas tenían numerosas formas de
protección contra el mal de ojo, por ejemplo, masticar los granos de maíz que
habían estado en la boca de un muerto. Actualmente, en la zona amazónica,
cuando el chamán conjura a los demonios, quienes le acompañan prefieren mirar
al suelo antes que ser malditos por toda la eternidad.
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