Fascinación: Fascinar a alguien es, literalmente,
‘embrujarlo’. La palabra deriva del latín fascinum, ‘brujería’ ‘maleficio’. La deidad fálica de los
romanos, a propósito, la llamaron Fascinus porque protegía contra los maleficios a los niños, a
quienes se amarraba un amuleto en forma de pene en el cuello. La creencia del
mal de ojo proviene también del término italiano fascinatio. Fascinación le llamaban los españoles al
mal de ojo, y es muy posible que esta idea, combinada con la cultura árabe,
llegara hasta nuestro territorio y se mezclara con las prácticas terapéuticas
indígenas. Esta creencia era conocida ya en el antiguo Egipto, donde
el ojo de Horus era el mejor talismán para evitar ser poseído por un mal de
ojo. La creencia popular prohibía mirar directamente a los ojos del faraón,
que, con su poder divino, podía desmembrar el alma de quien fijaba la mirada en
él. En la América precolombina, los mayas y aztecas tenían numerosas formas de
protección contra el mal de ojo, por ejemplo, masticar los granos de maíz que
habían estado en la boca de un muerto. Actualmente, en la zona amazónica,
cuando el chamán conjura a los demonios, quienes le acompañan prefieren mirar
al suelo antes que ser malditos por toda la eternidad.
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