Esmeralda:
Esmeralda remonta su historia al verbo –bāraq, en lengua afroasiática
(aunque de manera imprecisa pues 70 lenguas conforman la familia
hamito-semítica), ‘brillar’, ‘iluminar’. De esta parece que se formó un
sustantivo bāraqt de significado ‘gema’. Este fue tomado en las antiguas
lenguas vernáculas de la India (principal fuente de gemas en los primeros
tiempos) como maragada-. Los griegos
tomaron la palabra como máragdos
‘gema verde’, que pronto fue remplazada por la forma principal de una
variación: smáragdos. En latín se
adoptó como smaragdus, que pasó al
español y al inglés posiblemente vía francés antiguo como smeraude, término usado para la esmerode
española del s. xiii al xviii y que revivió como un arcaísmo en
el xix. En la época postclásica el
latín smaragdus se convirtió en smaralda y así se diseminó entre las
lenguas romance adquiriendo, en algunos casos, una sílaba como en español y
evolución del nombre francés antiguo esmeraude
y el inglés mediaval emeraud.
Otra teoría remite los orígenes de la
palabra al sánscrito, la lengua de los primitivos arios de la India. Ahí
existía la palabra marakatas o maraktas. El
sánscrito pertenece al tronco lingüístico indoeuropeo. Las coincidencia fonéticas
provienen de lo que Noam Chomsky[i] llama
la “gramática universal”.
[i]
Noam Chomsky ha revolucionado la lingüística y sentado las bases de la ciencia cognitiva. Es autor de una serie de libros muy polémicos acerca de la “lingüística generativa”, que preconiza la existencia en el cerebro humano de una “predisposición para el lenguaje”, una “facultad para el lenguaje” y una “gramática universal” que explican tanto las grandes coincidencias que existen entre todas las lenguas como que el niño pueda aprender una lengua con el aporte de un número de datos lingüísticos que serían enteramente insuficientes si no estuviera ya dotado de una “gramática universal”. Según Chomsky, el cerebro humano –y sólo el cerebro humano– contiene un ‘programa’ que puede construir una cantidad ilimitada de frases por medio de un número finito de palabras. Este programa puede llamarse “gramática mental” o “gramática universal”. Los niños desarrollan rápidamente esas gramáticas complejas y aprenden cualquier idioma con una facilidad asombrosa. Con un aporte mínimo de datos de quienes los rodean, los niños aprenden lenguas regidas por principios abstractos y muy sutiles. Por tanto, la mente de un niño tiene una capacidad innata para el habla –gramática– independiente de la inteligencia.
Noam Chomsky ha revolucionado la lingüística y sentado las bases de la ciencia cognitiva. Es autor de una serie de libros muy polémicos acerca de la “lingüística generativa”, que preconiza la existencia en el cerebro humano de una “predisposición para el lenguaje”, una “facultad para el lenguaje” y una “gramática universal” que explican tanto las grandes coincidencias que existen entre todas las lenguas como que el niño pueda aprender una lengua con el aporte de un número de datos lingüísticos que serían enteramente insuficientes si no estuviera ya dotado de una “gramática universal”. Según Chomsky, el cerebro humano –y sólo el cerebro humano– contiene un ‘programa’ que puede construir una cantidad ilimitada de frases por medio de un número finito de palabras. Este programa puede llamarse “gramática mental” o “gramática universal”. Los niños desarrollan rápidamente esas gramáticas complejas y aprenden cualquier idioma con una facilidad asombrosa. Con un aporte mínimo de datos de quienes los rodean, los niños aprenden lenguas regidas por principios abstractos y muy sutiles. Por tanto, la mente de un niño tiene una capacidad innata para el habla –gramática– independiente de la inteligencia.
Durante los
primeros meses de vida la única forma de expresión de los bebés es el llanto,
que denota hambre, sueño, malestar, dolor, frío o calor. Muy pronto empiezan a
controlar la boca [por imitación sus 16 músculos] y la laringe, a producir
sonidos y a reír. Entre los siete y los ocho meses, los bebés continúan la
fantástica aventura de conquistar el idioma y empiezan a emitir sonidos como ma-ma-ma, ba-ba, be-be, ya-ya, pa-pa, precursores de sus futuras palabras. Poco antes de cumplir
un año empiezan a comprender algunas palabras y, poco después, a usarlas. El
fonema /m/ y la sílaba ma, quizá la de más fácil emisión, es utilizada casi
universalmente para decir mamá (ma en
chino, mat en ruso, mamma en italiano, mom en inglés, ama en
vasco, man en hindi, etcétera).
Cuando el bebé
cumple alrededor de año y medio su vocabulario empieza a crecer a extrema
velocidad, a un ritmo mínimo de una palabra por cada dos horas despierto, ya
formar combinaciones de dos palabras. Entre los dos y los tres años multiplica
exponencialmente sus conocimientos y su capacidad de formar frases complejas. A
los cinco años un niño –cuyos conocimientos generales son obviamente muy
limitados– domina su lengua con una maestría que difícilmente alcanzará un
adulto extranjero. A los siete u ocho años de edad termina la facultad del niño
de aprender una nueva lengua sin acento alguno, y con la pubertad se cierra el
ciclo. A partir de entonces disminuye notoriamente la capacidad de aprendizaje
de una nueva lengua.
La sicóloga
Elissa Newport hizo una serie de pruebas en la universidad de Illinois con
inmigrantes chinos y coreanos que habían vivido diez años o más en los E.U.A.
Los inmigrantes llegados entre los tres y siete años de edad tuvieron
resultados idénticos a los de los nativos; los llegados entre los ocho y los
quince años mostraron resultados progresivamente peores. Los que inmigraron
después de haber cumplido 15 años tendieron a caer en trampas, a no detectar
errores bastante evidentes en las pruebas de inglés hablado y obtuvieron los
peores resultados en las pruebas de inglés escrito.
Henry
Kissinger nació en Alemania y llegó a los EUA cuando tenía quince. Kissinger
habla y escribe muy bien el inglés pero su marcadísimo acento alemán nunca
desapareció. El escritor Vladimir Nabokov, nacido en Rusia, llegó a ser un
extraordinario escritor en lengua inglesa pero al hablarla demostraba
inmediatamente su origen ruso. Alguna vez dijo: “Pienso como un genio, escribo
como un gran autor y hablo como un niño”. Lo mismo se puede decir de Joseph
Conrad, nacido en Ucrania y cuya lengua materna fue el polaco. Conrad llegó a
escribir en inglés con maestría incomparable, pero su fuerte acento polaco
hacía difícil la comprensión de su inglés hablado.
Carlos Prieto,
en Cinco mil años de palabras (FCE,
2007)
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